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LOS REINOS CRISTIANOS EN LA EDAD MEDIA Introducción Si la conquista musulmana de la Península se realizó en apenas cuatro años, el proceso inverso por el cual el poder fue pasando de manos musulmanas a manos cristianas fue lento: ocho siglos. A este proceso se le ha llamado Reconquista. La historia de este período que abarca desde el siglo VIII al XV es la historia de la convivencia y del enfrentamiento entre dos mundos: Al-Ándalus, vinculado al Islam, y los reinos cristianos del norte vinculados al mundo occidental. Desarrollo La ocupación de la Península no fue total. Los musulmanes, poco numerosos, se asentaron en las zonas más fértiles y en la demás establecieron o guarniciones o enviaban esporádicamente grupos armados, cuya misión era cobrar o recordar la obligación de pagar los impuestos y prevenir cualquier intento de emancipación. Se formaron dos núcleos de resistencia al invasor: uno occidental en el área cantábrica, el otro oriental en el área pirenaica. La resistencia a los musulmanes se inicia en la cordillera Cantábrica, donde un grupo de nobles visigodos huidos del dominio islámico dirigidos por Pelayo consiguieron en Covadonga la primera victoria (722). Alfonso I (739- 757), desmantelara las guarniciones musulmanas del valle del Duero y trasladara a los cristianos de esta región hacia al norte. La escasez de población y lo poco productivo de la zona crearon una zona de nadie conocida como Desierto del Duero. Reyes posteriores supieron ampliar el reino e iniciar la repoblación de las tierras devastadas. Durante el siglo IX Alfonso II avanzó por tierras gallegas; Ordoño I y, sobre todo, Alfonso III, llevaron la frontera hasta el Duero. Los avances hacia el oeste y hacia el sur se completaron con la penetración en el valle del alto Ebro y la incorporación de los vascos occidentales al reino. A principios del siglo X la capital astur es trasladada de Oviedo a León. Los monarcas asturleoneses se consideraban herederos de los reyes visigodos y, por tanto, los únicos legítimos de la Península. Esta pretendida hegemonía leonesa contrastaba con la dura realidad política. Las tendencias disgregadoras adquirieron mayor fuerza a mediados del siglo X cuando el conde Fernán González independizó Castilla de León. Castilla era una tierra fronteriza, baluarte defensivo frente a los musulmanes del Ebro donde los nobles disfrutaban de una gran autoridad. Los afanes de independencia del conde consiguieron hacer independientes y hereditarios sus dominios del condado de Castilla. A los montañeses del Pirineo se les oponía una población musulmana, muladí o árabe, importante establecida en el valle del Ebro. La población de los valles pirenaicos, sometida al pago de tributos a los musulmanes como único símbolo de dependencia, se hallaba reducida a sus propias fuerzas hasta que los francos lograron ocupar la zona de Aquitania y la Septimania hacia mediados del s. VIII. Para evitar el peligro de nuevas penetraciones musulmanas en estos territorios, Carlomagno, emperador de los francos, necesitaba controlar los pasos pirenaicos y una amplia franja en el sur que sirviera de freno a los ataques musulmanes y permitiera organizar la defensa de las tierras situadas al norte. Así estableció la Marca Hispánica, territorio comprendido desde Navarra hasta Barcelona, dividido en diversos condados al frente de los cuales figuraban condes nombrados por el emperador de los francos y, por tanto, vasallos suyos. Los pamploneses crearon el reino de Pamplona gobernado por la dinastía local de los Arista. También en el condado de Aragón fueron rechazados los carolingios, la familia de Aznar Galindo consiguió la independencia (818), pero aquí se mantuvo la organización en condados. Aragón entró en la órbita del reino de Pamplona, al que se unió en en el siglo X, y no recuperó la independencia hasta 1035. En los condados catalanes la presencia carolingia fue más duradera. Los condes, fueran de origen franco o hispano, seguían prestando vasallaje a los reyes francos, aunque desde fines del siglo IX actuaban con independencia y el título de conde pasó de obtenerse por nombramiento a obtenerse por herencia. Esto hizo Wifredo I, primer conde independiente de Barcelona, con sus hijos. El número de condados catalanes varió continuamente. El condado de Barcelona, núcleo de la futura Cataluña, adquirió la independencia definitiva al terminar la relación de vasallaje cuando los Carolingios fueron sustituidos por los Capetos (987). En el siglo XI, Sancho III el Mayor (1000-1035), rey de Pamplona (en el s. XII reino de Navarra), heredó Castilla y se apoderó de los condados de Sobrarbe y Ribagorza, actuando como árbitro en las disputas por el condado de Barcelona. Se puede decir que se convierte en el rey más importante de la Península, sobre cuya parte cristiana ejerció un auténtico protectorado. Pero a su muerte, merced a la concepción patrimonial del reino, sus dominios fueron repartidos entre sus hijos García (Navarra), Ramiro (Aragón), Fernando (Castilla) y Gonzalo (Sobrarbe-Ribagorza). Ramiro y Fernando ejercieron sus gobiernos a título de rey, al igual que su hermano García; asistimos pues al nacimiento de dos nuevos reinos peninsulares: Aragón y Castilla. Ninguno de los hermanos se conformó con las fronteras de sus reinos. Aragón incorporó Sobrarbe y Ribagorza, y en 1076 se unieron aragoneses y navarros. Fernando I de Castilla puso fin al reino leonés en 1037 logrando, de esta manera, dominar toda la cuenca del Duero. A esta concentración de fuerzas que explica el predominio cristiano sobre los musulmanes se suma el cobro de las parias. Este cobro iba unido generalmente al vasallaje de los reyezuelos musulmanes y, de hecho, quien cobraba las parias consideraba las tierras del vasallo como zona de influencia y de futura conquista cuando las circunstancias aconsejaran sustituir la protección pagada por la guerra de ocupación. Alfonso VI de Castilla y León se proclamó emperador tras la conquista de Toledo en 1085. Aspiraba a reconstruir la unidad peninsular, simbolizada por la antigua capital visigoda recién conquistada. Pero la llegada de los almorávides puso fin a sus sueños unitarios. El reino entró en una crisis que desembocaría en la separación del condado portugués bajo la dirección de Alfonso Enríquez, primer rey de Portugal con el nombre de Alfonso I (1145); este rey conquista la desembocadura del Tajo en 1147 (Lisboa). Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra (1104-1134), centró sus esfuerzos en la lucha contra los almorávides, a los que arrebató las ciudades de Tudela y Zaragoza (1118). La salida al Mediterráneo era su próximo objetivo pero en esto chocaba con los intereses del conde barcelonés Ramón Berenguer III (1097-1131) que no podía consentir que se le cerrara el paso hacia el sur. A la muerte de Alfonso I se produjo la separación de Navarra de Aragón. Ramiro II ocupó el trono y caso a su hija Petronila con el Conde de Barcelona Ramón Berenguer IV. Se unieron dos territorios que serviría de contrapeso al poder castellano Alfonso VII (1126-1157), continuador del título imperial asignado a la corona castellana, fue el monarca más poderoso de la Península. Aprovechó el derrumbe del imperio almorávide en unos nuevos reinos de taifas para inmiscuirse en sus luchas y conquistar nuevas plazas musulmanas. Por el Tratado de Cazorla (1179), para evitar conflictos, Castilla y la Corona de Aragón fijaron las zonas de futura conquista y establecieron los límites entre ambos reinos en Murcia y Valencia. La derrota castellana en la batalla de Alarcos supuso un duro golpe para los cristianos. La respuesta no se hizo esperar. A principios del siglo XIII tuvo lugar la trascendental batalla de las Navas de Tolosa. El enfrentamiento que se saldó, esta vez, con la victoria cristiana supuso para los castellanos la conquista de Murcia y gran parte de Andalucía, para la Corona de Aragón su extensión por Valencia, las Baleares y el Mediterráneo, y para Portugal la ocupación del Algarve. Del antiguo poder musulmán sólo pervivió el reino de Granada, cuyos reyes se convirtieron en vasallos del monarca castellano. A partir de 1230 se produce bajo el rey Fernando III el Santo (1217-1252) la unión definitiva de León y Castilla. En los años siguientes, mediante el uso de la diplomacia y de las armas, como piezas de ajedrez, consiguió apoderarse de nuevos reinos de taifas surgidos del Imperio almohade: Córdoba (1230), Jaén (1238), Murcia (1242) y Sevilla (1248). Similares avances protagonizó el rey de la Corona de Aragón Jaime I el Conquistador: Mallorca (1229) y Valencia (1235- 1244). La rapidez de las campañas castellanas, la extensión del territorio conquistado y la escasez de población del reino impidieron una eficaz ocupación de las tierras incorporadas, cuyos habitantes intentaron recuperar su independencia en 1264. Con grandes dificultades logró Alfonso X el Sabio (1252- recobrar los territorios andaluces, mientras la sublevación murciana fue controlada gracias al apoyo interesado de su suegro el rey aragonés Jaime I, al que preocupaba la posible extensión de la revuelta hasta tierras valencianas y aragonesas. La expulsión de la mayor parte de la población musulmana del campo tras la sublevación dio inicio a un proceso de repoblación cristiana, fundamentalmente castellanos, de campesinos libres y semilibres. Por su parte, en Valencia la repoblación del interior fue aragonesa y la del litoral catalana, mientras que la repoblación de las Baleares fue hecha exclusivamente por catalanes. En la segunda mitad del siglo XIII la península Ibérica estaba dividida en cinco grandes territorios: la Corona de Castilla, la Corona de Aragón, el reino de Navarra, el reino de Portugal y el reino de Granada. La Corona de Aragón creó un imperio ultramarino. El comercio catalán de especias, cereales y tejidos necesitaba asegurarse un mayor control del Mediterráneo occidental. Con este fin Pedro III, rey de Aragón, había desembarcado en Sicilia en 1282 logrando la anexión, en el siglo siguiente Jaime II ocupó Cerdeña (1324) y en el siglo XV el reino de Nápoles (1442). Mientras castellanos y portugueses llevaron a cabo conquistas en el Atlántico: Canarias, Madeira y Azores. La guerra de los Dos Pedros, de Pedro el Cruel de Castilla contra Pedro el Ceremonioso de Aragón, se inició en 1356 y derivó en una guerra civil castellana por el trono con implicaciones internacionales, a partir de que en 1365 el hermano bastardo de Pedro el Cruel, Enrique II, fue proclamado rey de Castilla por sus partidarios; tras cuatro años de guerra Enrique mató a su hermanastro y sería rey castellano a todos los efectos; significó un cambio de dinastía, la de la casa de Borgoña por la de Trastámara. Juan I de Castilla, hijo de Enrique, intentó sin éxito la unión con Portugal mediante el matrimonio con Beatriz de Portugal. Un sector de portugueses celosos de su independencia derrotaron a los castellanos en la batalla de Aljubarrota (1385). En la Corona de Aragón el rey Martín el Humano fallecía sin descendientes directos que aseguraran la continuidad de la dinastía y, durante dos años, catalanes aragoneses y valencianos intentaron en vano ponerse de acuerdo para elegir nuevo rey. Había tres candidatos: uno castellano, otro francés y uno catalán; el mejor posicionado era Fernando de Antequera, regente en Castilla, con tropas y dinero. La elección fue confiada a una comisión de nueve personas en Caspe (1412) que proclamó al candidato castellano; por el Compromiso de Caspe la casa de Trastámara gobernaría en Castilla y Aragón. En 1469 se produjo el matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, que reinarían en Castilla a partir de 1474 y en Aragón a la muerte de Juan II en 1479. La unión de las dos ramas de la dinastía Trastámara supondrá el gobierno conjunto en los asuntos castellanos y aragoneses. Militarmente los reinos de Granada y Navarra fueron anexionados a Castilla. Conclusión La Reconquista fue un largo proceso de ocho siglos por el cual España fue rescatada del Islam para volver al dominio político cristiano. Por otro lado, se fraguó un tipo humano y una mentalidad que va más allá de la Reconquista peninsular, el impulso conquistador no se detuvo en 1492, sino que siguió dando lugar a los primeros imperios ultramarinos de la Edad Moderna. El proceso de Reconquista llevado a cabo de norte a sur, ha marcado la configuración territorial de la Península hasta los tiempos actuales, siendo la diversidad regional fruto de los diversos avatares de la lucha contra los musulmanes y también entre cristianos. Pero también ha habido una tendencia hacia la unificación que se plasmará durante el reinado de los Reyes Católicos.