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El leopardo de la selva y la mariposa del jardín Había una vez, cerca de una selva, un pequeño y muy hermoso jardín. En dicho jardín vivía una mariposa, que tenía las alas multicolores, las patitas de seda, y en sus ojos parecía que se hubieran depositado dos gotas del mismísimo cielo. Ella amaba su jardín, que era limpio, prolijo, seguro, y el sol lo iluminaba en sus diversas partes según las horas del día. En efecto, en el jardín reinaban la armonía, la serenidad y las mismas flores danzaban al son constante de la tenue melodía de un clarinete. Desde la selva llegaban hasta el jardín, los rumores, los perfumes y el aire de misterio que son propios de la selva. Todo esto producía inquietud, curiosidad y, a veces, también temor en corazón de la mariposa. Particularmente en los tiempos de mayor silencio se podía distinguir el potente rugido de un leopardo y, de vez en cuando, se escuchaba el desesperado quejido final de algunas de las víctimas de sus cacerías. Un día el leopardo llegó hasta el jardín de la mariposa. Ella no se había dado cuenta de su presencia, porque los leopardos saben caminar sin producir ruidos. De todos modos cuando lo vio no sintió ningún temor, «los leopardo no comen mariposas» pensó ella. Se miraron fijo a los ojos, sin amenazas ni desafíos, sin exponerse ni esconderse el uno del otro. Se miraron con deseos de conocerse. Era claro que no hubieran podido ser enemigos, pero no era seguro que hubiesen podido ser amigos. La luz del sol se transparentaba en las alas de la mariposa y los sutiles movimientos de su cuerpecito inspiraban la melodía inédita que el clarinete ejecutaba. El leopardo sintió, como nunca antes en su vida, un inaudito golpe de belleza en su corazón. Estremecido de belleza lanzó un tremendo rugido. La pequeña mariposa se sintió sacudida hasta lo más íntimo de su ser y experimentó el temblor que nace del susto. El susto de la mariposa conmovió a su vez al leopardo, el cual quiso consolarla con una caricia, pero cuando la mariposa vio próxima a ella la inmensa zarpa felina, dio un salto hacia atrás y sus ojitos se inundaron de lágrimas. Las lágrimas de la mariposa paralizaron al leopardo, que comprendió de no poder ofrecerle ni sus rugidos ni sus caricias y se quedó contemplándola, mientras ella, paralizada de terror, lo miraba y lloraba. El leopardo sintió que la fuerza de sus músculos, sus magníficos reflejos, su coraje legendario, su astucia tan respetada y la potencia de su rugido, no le servían ahora para nada. En efecto, todo aquello que él siempre había considerado como lo mejor de sí mismo, porque le había permitido sobrevivir, ganar batallas y tener prestigio en su vida salvaje, en este momento, de frente al sutil temblor de una mariposa, no eran más que una espantosa barrera. ¿Para qué le servían todos aquellos atributos si no era capaz de acariciar la belleza de una mariposa? Por primera vez en su vida se sintió lleno de impotencia y dejó que sus hermosos ojos se contagiaran de las lágrimas que brotaban de la belleza. Las lágrimas del leopardo abrieron un sendero, que iba desde sus ojos hasta su corazón. La mariposa pudo ver así el corazón frágil, tembloroso y lleno de manchas que latía en el poderoso pecho del leopardo. Él descubrió, a su vez, el inmenso corazón que escondía el diminuto cuerpo de la mariposa. Era un corazón poblado de misterios, pleno de tesoros escondidos, que esperaban el momento oportuno para ver la luz, lleno de juego de luces y de sombras, el viento pincelaba con sus ondas los rincones reservados par los encuentros y las soledades. Sí, el corazón de la mariposa era inmenso, bello y misterioso como la misma selva. Y así el leopardo descubrió que sólo la fragilidad le permitía acoger la belleza. Ya no sintió entonces humillación ni vergüenza por tener escondido un corazón, tan frágil, en su extraordinario cuerpo. Padova, 14/02/2001