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Homilía en la fiesta del Señor del Milagro
Queridos hermanos y hermanas:
Agradezco al Señor Arzobispo, Mons. Mario Cargnello, la invitación para presidir esta
solemne Eucaristía. Hoy estoy aquí como peregrino para pedirle al Señor del Milagro una
gracia especial para la Iglesia que está en Córdoba. Al venir a Salta, quiero también
asociarme a la experiencia del pueblo santo de Dios que peregrina en esta Iglesia local y
que renueva el pacto de fidelidad con “su” Señor.
La renovación del pacto es semejante a la renovación de la alianza con Dios, de la que nos
hablaban el profeta Jeremías en la primera lectura y el salmista en el salmo que hemos
recitado. La renovación del pacto es también semejante a la experiencia de atravesar la
puerta de la misericordia en la Catedral, experiencia de gracia a la que nos invita la Iglesia
de la mano del Papa Francisco en el ámbito del jubileo extraordinario de la misericordia
que estamos transitando.
El atravesar la puerta de la misericordia no debe ser un simple gesto exterior, sin
implicancias ni consecuencias, sino que es algo que debe tocar y expresar el corazón e
inspirarse en un sincero deseo de conversión y de autenticidad. Como el hijo menor de la
parábola del Padre misericordioso, estamos invitados a decir desde el corazón: “ahora
mismo iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti” (Lc 15,
18) y a dejarnos estrechar por su abrazo que reconcilia y dignifica (cf. Lc 15, 20).
Al atravesar la puerta de la misericordia de esta Catedral Basílica y al contemplar la
imagen del Señor del Milagro, pueden ayudarnos las palabras que leemos en el evangelio
de san Juan, en seguida del acontecimiento de la muerte de Jesús y de que su costado
fuera traspasado por la lanza del soldado romano: “verán al que al que ellos mismos
traspasaron” (Jn 19, 37). El Beato Cura Brochero invitaba a sus paisanos en los Ejercicios
espirituales a mirar al Cristo crucificado que había hecho tallar y que estaba en la capilla
para suscitar en ellos los sentimientos y las determinaciones de una auténtica conversión.
La mirada al traspasado debe ser, entre otras cosas, una mirada de fe, una mirada
humilde, una mirada confiada y una mirada comprometida.
Una mirada de fe que sabe reconocer al Señor como el salvador de todos los hombres. De
la misma manera que san Pablo hemos de ser capaces de repetir con el corazón lo que el
apóstol le escribía a su discípulo y amigo Timoteo: “es doctrina cierta y digna de fe que
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Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”, y agregaba: “y yo soy el peor de ellos” (1
Tim 1, 15). Junto a esta humilde confesión, reconocía admirado y agradecido: “pero fui
tratado con misericordia” (1 Tim 1, 13).
Una mirada de fe que sabe reconocer al Señor traspasado como la luz que ilumina nuestro
peregrinar: “yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn 8, 12).
“Caminen mientras tengan la luz”, nos acaba de decir el Señor (Jn 12, 35).
Una mirada humilde que sabe reconocer y confesar sus pecados y sus extravíos: “He
pecado contra el Señor” reconoce con el corazón dolido el rey David ante la visita y la
reprimenda del profeta Natán por su pecado de adulterio (2 Sam 12, 13). “He pecado
contra el cielo y contra ti”, dice compungido el hijo pródigo al volver a la casa del Padre (Lc
15, 21).
Una mirada confiada que espera la misericordia del Señor que resplandece en sus
enseñanzas y sobre todo en sus gestos de acogida y de perdón a los pecadores. “Este
hombre recibe a los pecadores y come con ellos”, señalaban escandalizados los
detractores del Señor (Lc 15, 2). Los pecadores, en cambio, se sentían felices de ser
tratados con misericordia (cf. Mt 9, 9-13). Una misericordia que no conoce límites y que se
extiende a las situaciones extremas como las vividas por el buen ladrón en su crucifixión
junto a Jesús (cf. Lc 23, 39-43).
Una mirada, por fin, comprometida, deseosa de en verdadero cambio y firmemente
decidida a un nuevo estilo de vida guiado y animado por el doble mandamiento del amor.
Una mirada que expresa el deseo y la decisión de hacerse prójimo de los demás,
especialmente de lo más necesitados, como el buen samaritano de la parábola (cf. Lc 10,
29-37). Una mirada deseosa y decidida a vivir la misericordia para consolar a los tristes,
para socorrer a los necesitados, para sostener a los que son frágiles.
Una mirada comprometida para sentir la urgencia de caminar juntos, ayudándonos
solidaria y generosamente, sin murmurar unos de otros y sin provocar enfrentamientos
estériles, que muchas veces han herido e incluso enlutado a nuestra Argentina, a fin de
poder construir juntos una Patria grande y verdaderamente solidaria y fraternal, tal como
la soñaron nuestros próceres hace doscientos años en Tucumán.
Al mirar al traspasado, dejémonos acoger por su Corazón misericordioso y redescubramos
que Él siempre nos ama primero -nos “primerea” diría el Papa Francisco- y amándonos
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primero nos purifica capacitándonos para seguirlo con fidelidad a fin de que donde Él esté,
estemos también nosotros (cf. Jn 12, 26).
Al Cristo crucificado para la Iglesia Matriz de Salta lo acompañaba la imagen de la Virgen
del Rosario para el convento de los dominicos de Córdoba. Ambas imágenes aparecieron
flotando en el puerto del Callao. Quizás en esta circunstancia que podríamos llamar
“providencial” Dios nuestro Señor nos estaba recomendando ese camino que la piedad
del pueblo de Dios reconoce y transita confiado: “a Cristo por María”.
Que María Santísima Reina y Madre de misericordia nos muestre el rostro de su Hijo en el
que se manifiesta la misericordia del Padre de los cielos; nos ayude a abrirnos a esa
misericordia salvadora y nos ayude a ser, a nuestra vez, misericordiosos como el Padre.
Que así sea.
+ Carlos José Ñáñez
Arzobispo de Córdoba
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