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CLASE ABIERTA SOBRE VIOLÍN Y VIDA ENTREVISTA AL PROFESOR NARCISO ELÍAS BENACOT Por: Susana Videla Roveres Es un gran artista argentino, nacido en Mendoza, vinculado afectivamente a San Carlos de Bariloche, ciudad que le abrió sus puertas un día para ser parte de la legendaria Camerata. Según los críticos es un excelente violinista que, dada su calidad artística, brilla con luz propia en un escenario nacional o en cualquier escenario internacional. Es autor del libro “Cuando tocar el violín se convierte en arte” pero además es reconocido por su labor educativa, se desempeña como Profesor de Violín y es titular de la cátedra Música de Cámara, en la Escuela Superior de Música de la Universidad Nacional de Cuyo. Integró diversas agrupaciones musicales: Orquesta Sinfónica de la U.N.C (donde fue suplente y luego concertino por más de treinta años), Orquesta de Arcos de Mendoza, Cuarteto de Cuerdas de la U.N.C., Ensamble Musical de Buenos Aires, Orquesta Filarmónica de las Américas. Por más de cuarenta años se dedicó a la música de Cámara desempeñándose como primer violín del Cuarteto de la U.N.C., del Cuarteto Harmony y en el Cuarteto Dionysus. El maestro Benacot sorprende por su calidez y sensibilidad. Es una de esas personas que da gusto escuchar porque es frontal y sincero. Este artista ha pasado gran parte de su vida desmenuzando la entraña del violín, lo conoce como a la palma de su mano, lo trata como a un amigo y lo siente como a su propio corazón. Basta escucharlo para descubrir la riqueza de su mundo interior y entender su mágico idioma de colores, cada vez que hace vibrar las cuerdas de su violín. S.V.- ¿Cuándo comienza su relación con el violín? N.B- No sabría decir si primero nació el violinista y después la persona, o al revés (contesta sonriendo). Mis padres siempre contaban que a los cuatro años y medio o cinco, yo me quedaba “pegado” a Radio Nacional, escuchando música clásica y me quedaba tranquilo largo tiempo... Y por otro lado, parece que cuando vi por primera vez a un violinista yo tomé un plumero y un palito, o dos palitos, para jugar a imitarlo. Así fue como mis padres intuyeron que algo me pasaba con el violín y entonces me llevaron a estudiar con el maestro Higinio Otero, que fue un gran artista, y me enseñó a colorear los sonidos con distintos lápices. Lo que no sabía es que con los años, al llegar a la madurez, una de mis principales obsesiones sería colorear los sonidos con la belleza del arte, con buscar colores en el sonido en el momento de la ejecución, descubrir las luces y las sombras así como en la naturaleza juega la luz del sol. A los seis años ingresé a la Escuela de Música y mi primer maestro, en este ámbito, fue Aquiles Romani, un gran artista, que dicho sea de paso, me hacía estudiar hasta los días domingos en su casa. S.V. ¿Recuerda cuáles fueron sus primeras impresiones cuando vio y tomó en sus manos un violín? N.B. Fue como tomar en mis manos mi propio corazón (responde categórico). Esto se lo recuerdo a algunos colegas porque pagándonos para vivir de la música a veces se olvida, o no se valora, lo que se tiene entre las manos, porque el violín es el propio corazón, el propio espíritu. Es curioso, si uno está alegre y lo trata con cariño y además incorpora buena técnica, el violín no puede dar otra cosa que alegría, y si se está triste, el violín nos contiene. Imagino que esto pasa en todas las ramas del arte. Cuando se apunta hacia un fin estético, el instrumento musical, los pinceles o las herramientas terminan siendo una suerte de extensión de la persona. S.V. - ¿Algún miembro de su familia influyó para que Ud. eligiera esta vocación? N.B. Mi madre tuvo mucho que ver. Si mal no recuerdo, le faltaron dos materias para recibirse de pianista pero se casó muy joven y solía decirme muy orgullosa: “después empecé a teclear las ollas” (recuerda con nostalgia). Mi padre fue autodidacta que en sus momentos de ocio tocaba el banjo y a veces, también el violín… Ellos amaban la música, y creo que de ambos viene mi predisposición. S.V. – ¿Quiénes fueron sus maestros y qué aprendió de ellos? N.B. Como dije antes, mi primer maestro fue Aquiles Romani, por quien guardo un recuerdo especial. Como a cualquier niño a mí me encantaba ir al cine. En esos años era un gran programa ver las películas de Carlitos Chaplin. Los domingos a la mañana me preparaba, y cuando estaba a punto de salir a tomar el micro… ¡sonaba el teléfono! (cuenta sonriendo) y seguro era mi profesor invitándome a tener una clase. Por supuesto, inmediatamente cambiaba de plan, resignaba mi escapada al cine para tomar mi clase y después, el profesor me invitaba a almorzar en su casa. A la siesta, escuchábamos discos maravillosos en un antiguo “combinado”, y así fui descubriendo un amor especial por la música. De mi maestro admiraba su sensibilidad, a tal punto, que recuerdo haber visto gestos de verdadero goce estético en su rostro. El maestro Romani era un italiano que se quedó a vivir en Mendoza. A modo de confesión, debo reconocer que al principio le tuve un poco de bronca, porque a mí me hubiera gustado vivir mi niñez como cualquier niño común. Hubo ciertas exigencias que asumí con mucha responsabilidad y que me hicieron madurar antes de tiempo. Yo me pasé casi toda la niñez estudiando, prácticamente no pude disfrutarla como cualquier chico, lo mismo me pasó en la adolescencia, sin embargo pude manejar mejor la situación. De todos modos no me quejo, creo que es lo que la vida tenía preparado para mí. Por todos mis maestros he sentido un gran cariño y respeto, a tal punto que, pasados los años, más allá de que si la escuela que me inculcaron fue moderna o pasada de moda, los localicé a todos para darles las gracias. S.V. ¿Para eso tuvo que dedicar buena parte de su tiempo? N.B. Sí, no fue fácil encontrarlos aunque entendía que esto podía pasar. De todos modos, nunca voy a olvidar la emoción de volver a verlos, de poder abrazarlos y expresarles mi gratitud a profesores como Dourthé Abbe, a Alberto Lysy, a Enrique Iniesta (a quien no pude encontrar pero le dediqué un concierto en homenaje), entre otros tantos. En la actualidad estoy trabajando en el lanzamiento de mi segundo CD en el cual dedico una pieza a cada uno de los grandes maestros que la vida musical me dio, recordando aquellas obras con las cuales identifico a esos queridos violinistas. Quiero aclarar también, que en este trabajo, de manera especial voy a rendir un homenaje a quienes fueron mis maestros en Europa, me refiero a Sándor Végh, y a Yehudi Menuhin, quien ha sido considerado el “gran violinista del siglo XX”. S.V. ¿Qué significó para Ud. tener un maestro como Simzya Bajour? N.B. Fue un gran maestro y uno de los más queridos, tal vez porque fue el último que tuve. Recuerdo que cuando lo vi tocar el violín me dije a mí mismo: en ese camino quisiera estar, e hice lo imposible para tomar clases con él. Por cuatro años viajé a Buenos Aires sin importar cómo afectaba mi economía personal. Eran tiempos de gran sacrificio porque me insumía muchas horas de trabajo y esfuerzo, pero el placer de saber que tenía frente a mí un maestro de lujo, me daba impulso para no bajar los brazos. Aprendí muchísimo con Bajour, fue un gran violinista, excelente ejecutante y a mi criterio, el mejor pedagogo que hubo en el país, amado por unos y por otros no tanto por su alto nivel de exigencia y compromiso. En fin, he forjado mi carrera gracias a las enseñanzas de grandes maestros que me señalaron cuál es el camino para alcanzar la excelencia. De ellos aprendí todas las técnicas para la ejecución del violín como así también asimilé el amor incondicional por la música. S.V. ¿Recuerda alguna anécdota que lo haya marcado para siempre? N.B. En la gira por Europa junto a la Camerata Bariloche, allá por 1968, tuve el placer de conocer a Sándor Végh, otro artista notable. Estando en Roma, mientras tomaba clases con este maestro aprendí una lección acerca del valor de cada nota. El calor del verano nos obligaba a tomar clases al aire libre durante las primeras horas de la noche. Bajo un cielo maravilloso, después de hacerme repetir un complejo ejercicio con mi violín, Végh me preguntó: Mira el cielo, me dijo, ¿acaso ves dos estrellas que brillen igual? Luego de observar por un momento ese cielo romano respondí con un rotundo: ¡no! Végh continuó: igual acontece en la música, no se puede tocar dos veces del mismo modo. Con ello me estaba instando a ser más creativo y más sensible. ¡Así de simple! S.V. ¿Qué puede contarnos acerca del violinista Yehudi Menuhin? N.B. Lo conocí en la misma gira por Europa, en Gstaad (Suiza), durante el XII Festival que llevaba su nombre. En la ocasión la Camerata Bariloche tuvo el honor de ser dirigida por este talentosísimo violinista, considerado por la crítica como el mejor del siglo XX. Menuhin ejercía un magnetismo especial, inspiraba “paz”, escucharlo tocar el violín fue una experiencia maravillosa e irrepetible. Era un hombre dotado de una gran sensibilidad, creo que el don expresivo de Menuhin no lo ha tenido nadie, era increíble. Haberlo conocido, verlo tocar el violín y haber tomado clases con él, fue una de las grandes satisfacciones que me dio la vida. S.V. ¿En qué momento se produce su encuentro con el gran violinista argentino Alberto Lysy? N.B. Lysy fue un gran visionario y su aporte a la música fue muy valioso. Lo recuerdo recorriendo todo el país haciendo una minuciosa labor, buscaba jóvenes talentos con el objeto de brindarles la oportunidad de mostrar su arte. Un día llegó a Mendoza y como se trataba de una gran oportunidad para mostrar lo que hacíamos, nos presentamos varios violinistas. La idea era participar en el gran concurso organizado por Lysy que se realizaba en el Camping Musical de Bariloche (próximo al hotel Llao Llao), donde el músico ganador del certamen sería convocado para asistir a la primera gira por Europa. Con modestia diré que cuando Lysy me escuchó tocar las obras que había elegido para la ocasión, se acercó discretamente y me dijo: vos vas a Europa directo, andá tramitando tu pasaporte, venís con nosotros de gira. Imagine mi perplejidad. Debo confesar que eso significó un antes y un después en mi carrera, casi en forma inmediata pasé a ser parte de la Camerata Bariloche cuyo principal objetivo era representar a la Argentina a nivel internacional. Corría el año 1968, éramos veinte los músicos que integrábamos esa primera formación con el gran compromiso de dar lo mejor de nosotros. Felizmente la gira fue exitosa, la crítica nacional e internacional destacó nuestros logros y eso nos hizo sentir plenos, musicalmente hablando. Ya en Europa se unieron a la Camerata ocho músicos europeos y además, fuimos dirigidos nada más y nada menos que por Yehudi Menuhin. Haber sido parte de la Camerata fue una linda experiencia que me ligó sentimentalmente a Bariloche por todo lo que significó a nivel personal, sin dudas fue una etapa de crecimiento y creatividad. Amo a esta ciudad que tantas satisfacciones me dio y por eso la considero mi segunda casa. Consideraciones acerca de la enseñanza del violín S.V. En música ¿podemos decir que el artista es el resultado de los maestros que ha tenido? N.B. Siempre y cuando no sea sólo un alumno y se transforme en un discípulo, porque el alumno es el que oye y no se compromete con todo su ser. Por esa razón suelo decir que una cosa es oír y otra, muy diferente, es escuchar. Oír… por ejemplo el ruido del coche que pasa, las palabras de alguien que habla y que entran por un oído y salen por otro. En cambio, escuchar involucra todo el ser y se refleja en la actitud de querer aprender, de atender al maestro con respeto. Se trata de escuchar más allá de las palabras y de los silencios, es la actitud de humildad que adopta el alumno cuando el maestro toma el violín para mostrar un ejemplo en la ejecución de una técnica. A esta persona reconozco como discípulo y no un simple alumno, pero bien vale la pena destacar que con el maestro solo no basta. Todo en la vida son relaciones, uno se relaciona con su pareja, con los amigos, con la enseñanza y en mi caso yo tengo una relación especial con el violín, de respeto, de cuidado, de afecto. Por ejemplo: si descuido el estudio técnico del violín no me siento bien porque si deseo que el instrumento me responda yo lo tengo que tener “limpio”, materialmente hablando, tengo que estudiar la técnica, no lo tengo que forzar, tengo que conocerlo para que él me dé lo mejor. Por todo esto es válido recordar que es importante haber tenido un buen maestro, pero eso no es todo. Es entre la relación maestro y discípulo como se va construyendo el camino. En mi caso particular, me siento feliz de haber tenido grandes maestros, haber aprendido de esos grandes violinistas es un honor porque me transmitieron enseñanzas de vida. Creo que ser artista más que una profesión es un modo de vida. S.V. ¿Qué grado de importancia le otorga al dominio de la técnica y a la interpretación? N.B. En primer término debo aclarar que son distintos “escalones”, por lo general, el común de la gente no advierte cuando se toca en forma mecánica. Por ejemplo: el violinista puede tocar infinidad de notas sin sentido pero resulta que el arte tiene un fin estético. Un artista no debería tocar sin apuntar a este fin, cuando se amalgama lo mecánico con lo estético a eso yo lo llamo: “tener técnica”. No estoy de acuerdo con aquellos que sólo repiten notas sin poner nada de sí. El dominio de una simple mecánica no me dice nada si no está involucrado todo el ser. Uno estudia un arte para expresar belleza, ideas, imágenes, luces y sombras, por este motivo es importante lograr el dominio de una gran técnica porque quien no la posee la sufre, la padece. Sin la técnica no se puede volar como un pájaro, artísticamente hablando, hay que tenerla porque después viene el segundo paso: el de la interpretación artística. Hay violinistas de 30, 40 o 50 años que insisten en la técnica, yo creo que a esa edad ya debería haber sido asimilada porque después llega el verdadero camino y el más arduo, me refiero al de la interpretación artística. Primero es preciso tener una gran técnica y luego, saber interpretar los símbolos (las redondas, las blancas, las fusas, etc.) porque cada uno de ellos funcionan como las consonantes en el lenguaje. Mientras el poeta se vale de ellas para crear un poema, el músico, en cambio, las convierte en sonidos. Sin ánimo de ser vanidoso, a esta altura de mi vida, me preocupo por ir más allá del mundo de los símbolos. Trato de indagar en sus formas ocultas, de rescatar la belleza que existe detrás de ellos. Y así, como las palabras a veces no terminan de definir la esencia de las cosas, sino que nos aproximan a ellas, un autor musical nos pone -partitura mediante- frente al plano de un tesoro lleno de notas que hay que saber interpretar. Entonces, la interpretación pasa por un nivel intelectual, a través de un espíritu sensible o frío, por la comprensión o no de las cosas. Es un trabajo personal muy sutil porque en realidad, el autor musical nunca indica “los sentimientos” sino que dependen de cada artista. Ante eso debe haber seriedad, no basta con lograr la eficiencia, o dicho en otras palabras, no basta con tocar notas sin sentirlas porque el público siempre lo percibe. S.V. ¿Existen obras de difícil ejecución por su grado de complejidad técnica o interpretativa para un violinista? N.B. Claro que sí. Hay distintos niveles, hay obras técnicamente muy difíciles y que no cualquiera puede abordar y hay obras como por ejemplo la hermosa sonata de César Franck para violín y piano, que es una obra maestra porque técnicamente no es muy difícil pero sí requiere de un gran esfuerzo interpretativo, que a veces se alcanza cuando se logra cierta madurez artística. Puede suceder que haya obras que sin tener un gran nivel artístico, en manos de un buen ejecutante, es probable que las transforme en piezas maravillosas, cuando éste le aporta su mundo interior. En una obra musical debemos tener en cuenta que un 40 o 50 por ciento es aporte del autor, pero no menos del 50 por ciento es el aporte del intérprete, porque tiene que lograr dar vida a un sinnúmero de símbolos impresos en el papel muerto. Estamos frente a una simbiosis entre lo que quiere el autor, de lo cual soy muy respetuoso, y la actitud del ejecutante. Primero trataremos de ver qué es lo quiso decir el autor y luego, nos queda un espacio amplio para transferir nuestro mundo interior. Por ejemplo: si un músico atraviesa un momento triste en su vida, probablemente a la hora de tocar algunos compases que deben transmitir alegría, puede que lo haga con una cuota de melancolía o dolor. Esto no sería conveniente porque, en este caso, se estaría usando la música para hacer catarsis. La música es maravillosa y es cierto, uno puede hacer catarsis, pero como corresponde. La música brinda momentos de alegría, de ternura, de bronca, de furia, de dulzura, están todos los sentimientos puestos tácitamente dentro de una obra, sólo hay que saber ver y expresar lo que se siente. S.V.- A propósito ¿qué siente Ud. cuando interpreta una obra? N.B. Cuando el artista logra desprenderse de su propio ego, la música fluye naturalmente, desde lo más profundo del ser. En el último concierto como solista, mientras tocaba una obra de Guastavino, me sucedió algo muy extraño, estaba pasando por un momento espiritual muy especial, ese día sentí vibrar la música dentro de mí. En ese momento no reparé en la técnica, ni me pregunté si lo que se estaba haciendo estaba bien o mal, si debía agradar o no al público, simplemente me dejé llevar por la música y traté de dar lo mejor. Para mi sorpresa, alguien me dijo que en el público hubo gente que se emocionó hasta las lágrimas con esta obra. Qué más puedo pedir… Esta obra maravillosa de Guastavino está cargada de sentimientos y mi preocupación se centró en la expresión. Hubo pasajes de ternura, de dolor, de esperanza que traté de transmitir a través de mi violín y sucedió… me sentí flotar con la música porque en realidad toqué con el corazón… Para mí, el estado ideal de un artista se asemeja al estado contemplativo del sabio oriental que cuando observa el jardín no piensa en nada, sino que se deja maravillar por la belleza del jardín. S.V. ¿Alguna vez soñó con ser “famoso? N.B. Como todos, pero más que famoso me he visto simplemente tocando sobre un escenario, de hecho me he presentado numerosas veces. A mí no me interesa el éxito o el aplauso, lo que quiero es establecer una comunicación con quien recibe mi arte. Para la vida profesional elegí un camino intermedio y por eso me dediqué a la música de Cámara. La vida de un solista es fascinante pero por demás sacrificada, uno pasa gran parte de su vida volando de un lado a otro sin permitirse la oportunidad de compartir las pequeñas cosas con su entorno familiar. De todos modos, he salido mucho fuera del país en giras importantes pero siempre teniendo en claro que mi sede está en Mendoza, junto a mis afectos. Nunca podría sentirme frustrado porque todo lo que hice fue con convicción y seriedad, tratando siempre de dar lo mejor de mí. S.V. ¿Cuál cree que ha sido su aporte a la sociedad? N.B. Ahora que estoy llegando a una edad en la que me estoy por jubilar, siento un poquito de tristeza y decepción. Después de tantos años dedicados a la enseñanza de la música, algunos colegas y yo advertimos que hemos pasado gran parte de nuestras vidas tratando de difundir valores artísticos y éticos, con el único afán de aspirar al gran arte. Sabemos que tocando notas de cualquier modo no se alcanza la belleza y entonces, pareciera ser que “los malos de la película” hubieran ganado esta batalla. Lamentablemente existe una tendencia hacia la mediocridad, ética, humana y artística. Estamos observando un creciente aumento de los “mercenarios de la música” que se conforman con hacer sus “changas” sin prestar atención a esos valores que intentamos inculcar por tantos años. S.V. Entonces ¿cree que ha habido una desvalorización de la música en los últimos años? N.B. Yo creo que sí. A mis alumnos siempre les recuerdo que primero somos personas luego abogados, médicos o artistas. Se puede lograr la adquisición de la técnica en una profesión pero si el individuo no se perfecciona como persona difícilmente llegue lejos. La sociedad en su conjunto se ha vuelto más frívola y, a la vez, en una experta consumidora de espectáculos de masa. De a poco, a nivel musical la Argentina ha retrocedido en los últimos años y los talentos son cada vez más escasos, salvo honrosas excepciones. Gente valiosa que actúa como pequeñas llamitas dentro de la oscuridad. S.V. ¿Qué le diría a los jóvenes violinistas? N.B. Que tengan humildad para aprender, porque hacer arte implica una responsabilidad enorme. Que recuerden que en el momento de colocar una partitura sobre el atril, bueno sería asumirse como el más ignorante de todos los mortales, porque con esa actitud lograrán descubrir la belleza que está escondida allí. Si logran dominar una buena técnica, respetan su instrumento, y además lo conocen suficientemente, el violín se transforma en el propio corazón. S.V.- ¿Tiene alguna máxima que rija su vida como artista? N.B. Sí, “conócete a ti mismo” como decía Sócrates, porque si uno se conoce a sí mismo tiene la oportunidad de mejorar como persona. El conocimiento de uno mismo permite descubrir la luz que existe en nuestro interior. Tiene que ver con la comprensión, con el autoconocimiento de las virtudes y los defectos que uno tiene. El conocernos a nosotros mismos nos permite alcanzar cierta paz. Es que, todo pasa por nuestra mente y nuestro corazón, no hay ninguna duda. Es entonces, cuando tocar el violín se convierte en arte. ***