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La presencia de María en nuestra salvación Muchos piensan que la presencia de María no es activa, que solo está ahí como la Madre de Dios, como aquella que dijo “Si” al anuncio del Ángel para que el Hijo de Dios venga al mundo, pero ese Si no quedó en ese momento hace 2016 años, ese Si de María se ve continuamente, porque fue un Si a ser la madre de Dios y también un Si a ser Madre nuestra, Madre de la Iglesia, cuerpo místico de su Hijo; un Sí que la hace partícipe del Plan de Salvación de Dios, y vemos en Ella esa función dinámica de Madre que desde ese Si generoso no deja de actuar y estar presente en nuestra salvación. Es así que la presencia activa de María la vemos desde el inicio de las Sagradas Escrituras en el Antiguo Testamento donde se menciona la presencia de una Mujer que tendrá enemistad con aquel que introdujo el mal en el mundo (Gen 3,15) y que esto se verá luego realizado en el Evangelio cuando el Ángel se presenta ante María y le anuncia la misión que Dios le confía, la misión de ser la Madre de Dios, Madre del Señor Jesús que vino para reconciliarnos y Madre nuestra, contribuyendo así a la vida, vida que se perdió con la desobediencia de Eva pero que se obtuvo con su obediencia. (LG56). María desde siempre estuvo esperando ver cumplidas las promesas de Dios, pero nunca se imaginó que ella tendría un papel importante en el Plan de Salvación de Dios, y ante el anuncio del Ángel, a pesar de su temor, dice que Si, dice que Si porque cree y desde ese sencillo pero profundo y generoso hágase Dios se hace hombre en su seno, y desde esa unión Madre e Hijo nace en María el deseo del anuncio, y con presteza se pone en camino para visitar a su prima Isabel (Lc 1, 39-45) sale al encuentro de quien la necesita, sale a compartir la alegría de lo que está ocurriendo e Isabel y el hijo que lleva en su vientre reconocen a María y a Dios que está en ella. (LG57) Sin embargo, en medio de esa alegría profunda, Dios va preparando también el corazón de María para el momento culmen de la misión de su Hijo y también de su misión. María va experimentando diferentes situaciones que irán formando su corazón de Madre, como la alegría del nacimiento de Jesús en medio del dolor de no ser recibidos en Belén en ninguna posada, alegría en la presentación que hace de su Hijo ante los pastores y los reyes magos (Lc 2, 1-20) y dolor luego en la huida a Egipto tras la persecución de Herodes (Mt 2, 13-18), alegría cuando va a presentar a su Hijo en el Templo y dolor cuando escucha las palabras de Simeón que le anuncia cuanto sufrirá su corazón al ver el sufrimiento de su Hijo (Lc 2, 21 ss.) y ante todo ello meditaba y lo guardaba todo en su corazón (LG57). Ya en la vida pública de Jesús vemos como es esa misteriosa relación con su hijo en las Bodas de Caná (Jn 2, 1-11), donde se da cuenta que ya no hay vino para los invitados y silentemente se acerca a su Hijo y le pide que haga un milagro, y aunque al inicio pareciera que Jesús no quisiera hacerlo pues aún no es su hora, las palabras de la Madre son escuchadas por el Hijo y se da el milagros y con ello María nos muestra no solo su intercesión, sino que propicia la fe en los apóstoles de Jesús (LG 58). Esta presencia maternal de María que vemos en las Bodas de Caná, la vemos de manera explícita en la cruz ( Jn 19,25), cuando su Hijo nos la hereda como Madre nuestra a través del apóstol amado, maternidad que se dio desde la encarnación pero que se hace aún más concreta desde la Cruz. Y como Madre, nos enseña a vivir el sufrimiento y el dolor con una visión sobrenatural, nos enseña a ser fuertes y confiar, ya que acompaña a su Hijo en el culmen de su misión, lo acompaña en el darse por completo para el perdón de nuestros pecados y lo hace padeciendo con Él, participando activamente de la Pasión de su Hijo (LG58). Es así que luego de convertirse en nuestra Madre, nos acompaña en todo momento, porque una Madre no abandona a sus hijos, esto lo podemos ver en Pentecostés, donde acompaña a los apóstoles hasta la venida del Espíritu Santo, enseñándoles a rezar, a tener una mirada de esperanza (Hch 1, 14) y así nos enseña a perseverar en nuestra fe y nos acompaña en el anuncio de la Buena Nueva como ella también lo hizo cuando visitó a su prima Isabel, pues Ella la “llena de gracia”, llena del Espíritu Santo no deja de anunciar y llevar a su Hijo a todos los hombres (LG59). Vemos así que la presencia de María, nuestra Madre, no se quedó hace más de 2016 años, su presencia perdura hasta hoy y estará siempre con nosotros, con la Iglesia. Es una presencia activa, atenta a nuestras necesidades, intercediendo por nosotros, enseñándonos a vivir la alegría en medio del dolor con una mirada de esperanza y confianza en las promesas de Dios, nos lleva constantemente a su Hijo y quiere que Él nazca en nuestros corazones. Por ello la Iglesia a través del Concilio Vaticano II nos invita a honrarla con un culto especial como se hizo desde los primeros cristianos, un culto que existió siempre en la Iglesia (LG66). Hna. Rocio Hinostroza Pecho, SPD